La ‘falla del Micalet’


La tradición del fuego en Valencia dura ya muchos siglos, y va más allá de las Fallas, ya que las hogueras eran utilizadas hace tiempo como medio de comunicación en todo el litoral valenciano.

Siguiendo una costumbre que ya iniciaron los moros durante su estancia en el Reino de Valencia, en la época de Felipe II (siglo XVI) se construyeron hasta 68 torres vigía (torres de guaita en valenciano) en las costas de dicho territorio, en puntos como El Puig, Burriana o Almenara, aunque por desgracia muchas se han perdido ya. Estas torres servían para avisar a los pueblos o fortificaciones costeras de la llegada de barcos piratas, muy abundantes en aquella época por las costas mediterráneas, o bien de embarcaciones invasoras procedentes de países con los que se mantenían conflictos.

En estas construcciones había un cuerpo de guardia con soldados a pie y a caballo, que en caso de avistar una nave peligrosa encendían una falla en la terraza, es decir, una hoguera (el significado originario de la palabra “falla” era precisamente este: hoguera o llama). Si era de noche, era la luz que producía lo que alertaba a la población y a los castillos; en caso de ser de día, lo que se percibía era el humo. Para avisar de que no había novedad, se encendía una hoguera a una hora convenida que se iba reproduciendo de torre en torre.

En la misma ciudad de Valencia también se utilizaba ese método para estar al tanto de piratas e invasores. La falla del Micalet era la hoguera que todos los días se encendía en la particular torre vigía de la capital del Reino: el Miguelete, es decir, el campanario de la Catedral. De esta manera, se avisaba a los habitantes de la ciudad y de localidades cercanas (Campanar, Benicalap, etc., que por aquel entonces eran independientes de Valencia) de la posible llegada de embarcaciones peligrosas. Aun habiendo desaparecido el peligro de los piratas a finales del siglo XVIII, esta hoguera se mantuvo hasta 1835, pero con un motivo muy diferente: para avisar a los habitantes de Valencia y a los navegantes de la hora de las oraciones religiosas. La falla del Micalet en esta última época era en realidad el campanero, con unos haces de paja ardiendo, que daba tres o cuatro vueltas por la parte superior del Miguelete.