Polémica falla en 1987

La falla municipal de Valencia, tradicionalmente fiel a la estética clásica, en 1987 fue diferente. El monumento que encargó el entonces alcalde socialista Ricardo Pérez Casado rompía con el concepto típico de falla, ya que entre otras innovaciones no tenía la estructura piramidal típica y además realizaba funciones de escenario para actuaciones. Por desgracia, las novedades introducidas en la falla de la plaça del País Valencià (como se llamaba entonces plaza del Ayuntamiento) trajeron numerosos problemas al alcalde y al artista fallero desde el diseño del boceto hasta la cremà.

El proyecto fue idea del escritor valenciano Manuel Vicent (puede leerse aquí la explicación), que sirvió para que Sento Llobell dibujara el boceto que luego realizaría el artista fallero Manolo Martín. La falla consistía en una reproducción de la fachada principal del Ayuntamiento de Valencia, con el alcalde, la fallera mayor de Valencia y otras personalidades en el balcón. La parte derecha simulaba un incendio con juegos de luces y humos, estando adrede sin terminar. Por causa del incendio, la torre del reloj del Ayuntamiento aparecía inclinada y apoyada en el suelo. La parte de atrás del monumento dejaba a la vista toda la estructura de maderas que lo sujeta, y servía de escenario para grupos de animación. En la parte inferior, unos ninots simulaban ser viandantes y se mezclaban con las personas de verdad, ya que la falla no estaba protegida por vallas como es habitual. Otra singularidad que tenía era que no tenía bases, es decir, descansaba directamente sobre el suelo. Era, en efecto, una falla muy innovadora.


La plantà se hizo eterna

El primer problema que se encontró Manolo Martín para poner en pie el monumento fue que en el lugar donde habitualmente se plantan las fallas municipales -entre la fuente y la explanada central de la plaza- habían montado un escenario musical, por lo que tuvieron que colocarla más hacia el oeste, de frente a la calle de la Sangre (ver imagen). Por causa del escenario también, la torre del Ayuntamiento que debía caer por la parte de atrás tuvo que situarse a la derecha de la falla.

El gran tamaño del catafalco (25 metros de alto por 28 de ancho) y la complejidad de la estructura hicieron que el montaje fuera muy lento, retrasándose la finalización del mismo doce horas y media respecto a la hora prevista (nueve de la mañana del día 16 de marzo) a pesar de haberse empezado antes de lo normal. Manolo Martín estuvo dos días sin dormir al pie del cañón hasta que su obra estuvo montada del todo, trabajo en el que colaboraron unos 60 operarios y dos enormes grúas.


Una falla criticada más que crítica

Antes de que estuviera acabada, ya empezó a tener críticas desde la oposición del Ayuntamiento de Valencia, la cual declaró que la falla era el último colosalismo del alcalde (terminaba su legislatura ese año). Martín Quirós (AP) opinaba que su situación era pésima para la cremà por estar demasiado cerca del Ayuntamiento y el edificio de Barrachina, y todo por culpa de un escenario “claramente preelectoral”. Por fortuna, no todo fueron críticas, ya que la falla fue alabada por ser una estupenda obra de ingeniería.

Pero no sólo hubieron críticas desde el propio Ayuntamiento. Algunas personas que veían el monumento pensaban que “no era una falla” (argumento habitual cuando se ve una demasiado innovadora). Por otro lado, muchos pensaban que estaba sin terminar, al dejar al descubierto todas las maderas de la estructura. Sobre esto, el entonces alcalde declaró que ello se debe a que refleja que el Ayuntamiento de verdad no se termina nunca. La situación de la falla también provocó críticas porque hacía que la parte frontal sólo se pudiera ver desde el 10% de la plaza, lo que también dificultaba la colocación de las cámaras para retransmitir su cremà por televisión.


Cremà con grandes precauciones y poco espectáculo

Para más desgracia, varios ninots de la falla municipal ardieron antes de tiempo por culpa de una traca que disparó uno de los grupos de animación que actuaban en la plaza del País Valencià. Dio la casualidad que quedaron destruidas las figuras del alcalde y de la fallera mayor de Valencia, entre otras.

Para la cremà hubo que tomar precauciones excepcionales, dado el tamaño de la falla y su situación cercana al Ayuntamiento y al edificio de Barrachina, al otro lado de la calle de la Sangre. Grandes toldos ignífugos cedidos por Renfe cubrieron las dos esquinas de dichos edificios próximas a la falla y algunos puestos de flores del centro de plaza, y se procuró que la falla empezara a arder por arriba para evitar un excesivo calor durante la quema, ya que se calculó que si ardiera por abajo, las llamas podrían alcanzar los 45 metros de altura por la cantidad de madera que formaba el catafalco, lo que hubiera hecho imposible resistir la temperatura desde el balcón del Ayuntamiento real. Las lonas, que sumaban unos 1.200 metros cuadrados de superficie, se empapaban continuamente de agua. Además, dos cables amarrados a un poste y a la parte superior del monumento evitaban que éste se desplomara sobre los edificios próximos.

Asimismo, casi toda la plaza se reservó para zona de seguridad, dejando al público bastante lejos del monumento y haciendo casi imposible verlo quemar de frente. Los 30 bomberos que controlaban el acto se llevaron para el acto grandes bombas de agua y un brazo articulado con cesta, dadas las dimensiones que podían alcanzar las llamas. Grandes precauciones que evitaron que pasara alguna desgracia durante la cremà, pero que deslucieron totalmente el final de un monumento marcado por la desgracia desde el momento de su plantà.